...Como todos los años, los vecinos de Cholula celebraban el Día de Muertos e iban al mercado a comprar lo necesario para colocar la tradicional ofrenda y recordar a los familiares fallecidos.
Todo era algarabía, pero en el alma de Jacinto había tristeza por la reciente muerte de su madrecita.
Así, con el peso de la pena sobre su espalda, jalaba un asno cargado con leña por los pasillos del mercado sin mirar la brillantez de la flor de cempasúchil.
Cuando llegó a su casa, Petra, su mujer, con la luz de la fe en los ojos, pidió amorosamente a Jacinto dinero para colocar la ofrenda de la casa.
Jacinto muy molesto contestó que no creía en esas tonterías y Petra muy triste respondió con cariño que ella tampoco creía en la tradición de Día de Muertos; pero, su abuelo le había aconsejado que el día 2 de noviembre acudiera la puerta del panteón, donde comprendería por qué se debe de honrar a los muertos.
Enojado por la insistencia, Jacinto dijo a su esposa que si tanto creía en eso, ahí le dejaba una carga de leña que la pusiera como ofrenda.
El día transcurrió entre sonidos de las campanas plañideras que acentuaban el ambiente de Día de Muertos.
El sol en el horizonte pintaba las nubes color de rosa y Jacinto emprendió el camino hacia el cerro Zapotecas para recolectar la leña que llevaría al mercado.
Cada hachazo era vigoroso, con ganas de romper los recuerdos que hacían confundir el sudor del rostro con alguna lágrima que se fugaba por los ojos.
Poco a poco aumentaba la carga de leña, al mismo tiempo que el manojo de recuerdos, De vez en cuando se detenía a descansar para limpiar el sudor de la cara, escuchando las campanadas que taladraban su alma.
El sol de mediodía quemaba en el cielo cuando terminó de colocar la carga de leños sobre el burro y emprender el regreso al pueblo. El trote de su compañía sonaba como los dados en el cubilete.

Sin darse cuenta llegó al cementerio, pero tan distraído estaba que no recordó las palabras de su esposa.
El murmullo de la multitud llegó hasta sus oídos. Alzó el rostro y observó cómo infinidad de personas se acercaban al camposanto. Todos llevaban manojos de flores, y canastas de frutas y panes.
Sin embargo, lo más extraño es que entre la multitud reconoció a su compadre, a sus abuelos, a sus tíos, a sus vecinos y al anciano cura, quienes desde hace años habían fallecido.
Sí. Una caravana de gente con rostros felices, rezando y cantando alabanzas.
Su cuerpo sintió un escalofrío que le impedía moverse, sus manos crispadas a las riendas del animal, los pies enraizados al suelo tratando de entender lo que estaba sucediendo.
Pero, la escena más triste fue cuando reconoció al final del grupo a su anciana madre que, penosamente, llevaba sobre la espalda la carga de leña que había dejado a su esposa como ofrenda.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras el noble animal que le acompañaba se puso de rodillas, venerando el paso de las ánimas que regresaban a su eterna morada.
(Cuento popular mexicano. Recopilación Donato Cordero Vázquez)